Guillem Balague

Messi. Extractos 5

by Guillem Balague

Messi. Extractos 5

Escena II

La familia Messi decidió ir a un doctor especializado porque veían que, a los diez años, su hijo Leo no tenía la estatura de otros. Tuvieron que hacerle unas pruebas.

Sobre el escenario vemos la reproducción de la consulta del doctor Diego Schwarzstein, una casa antigua cedida por su padre años atrás. Es un cuarto pequeño, de tres por tres metros, situado en un primer piso al que se accede por una escalera de madera, señorial, de esas de boiserie que se hacían hace un siglo. Junto a la consulta, una pequeña sala de espera. Vemos al doctor Schwarzstein, con bata blanca, buscando papeles en una cajonera que tiene al lado de su mediana mesa de escritorio. Empieza a hablar mientras repasa informes antiguos.

«… bueno, “uno de estos chicos —me dijeron—, concretamente tenemos uno que es el mejor, es un fenómeno, pero necesitamos que crezca”. Cada tanto, cuando en Newell’s algo les llamaba la atención, cuando los médicos veían algo en lo que era bueno que interviniera un endocrinólogo, me llamaban y me decían: “queremos que veas a este paciente.” Y bueno, en ese contexto, con ese sistema, llegó Leo a mi consultorio, con su madre.

»En realidad de algunas cosas me acuerdo y de otras me fui acordando después, porque te imaginás que la historia clínica de él la tuve que releer muchas veces. Para contestar a preguntas, y otras veces para mirar, ¿no? Porque a mí mismo me daba curiosidad. Mirá el pibe este… a ver cómo era la cosa antes, ¿no? Fue el día de mi cumpleaños cuando vino a mi consulta la primera vez. Un detalle curioso, el 31 de enero de 1997, si no recuerdo mal. Vino con su madre y yo le expliqué un poco lo que les explico a todos los chicos: que la medicina no puede ayudar a crecer a todo aquel que se proponga crecer, la medicina puede ayudar a crecer al que tenga problemas que le impidan crecer normalmente. Entonces, no existe un tratamiento o un medicamento para crecer, lo que sí existen son problemas que impiden o dificultan el crecimiento normal. Y cuando nosotros detectamos estos problemas es cuando podemos ayudar a que los chicos crezcan. No es frecuente su caso, pasa en uno de cada veinte mil nacimientos, y a veces requiere de hasta seis años de inyecciones. ¡Pero no es un experimento, eh! Llevamos más de treinta años usando este tratamiento. Le dije de hacer unas pruebas.

»En todo caso, un chico que mide lo que le toca medir, porque así lo ha decidido su genética, puede estar contento o no, pero la medicina no puede cambiar esa situación.
»Yo les explico esto porque a veces los pacientes tienen la expectativa de que el médico les va a dar una pastilla mágica que los va a llevar a jugar a la NBA. Y eso no existe. Lo cuento para no crearles falsas expectativas y, bueno, a partir de ahí empiezo a estudiar. Lo que recuerdo de Leo, que no sé si es de la primera vez o de la siguiente, es que era un chico introvertido, reservado…

»Pero como a él le gusta mucho el fútbol y a mí también, rápidamente pudimos romper el hielo hablando de quién era su ídolo, y de lo que a él le gustaba, y de qué jugaba… En seguida pudimos establecer una buena relación, y supe que a él lo que le importaba era ser jugador de fútbol. O sea, cuando le planteaba que por ahí tenía que hacer un estudio un poco agresivo, o un poco incómodo, o que había determinadas etapas, o… Yo pensaba que se podía poner ansioso y él me decía: “Yo quiero jugar al fútbol”. Lo que le preocupaba era si iba a crecer lo suficiente como para ser jugador de fútbol.

»Bueno, el diagnóstico es un tanto engorroso, pero llegamos al mismo relativamente pronto. Esto es: hacen falta algunas pruebas, que en ese momento más que ahora, tardaban. Te digo, sobre todo a finales de los noventa, cuando no teníamos otras técnicas bioquímicas, diagnósticas. A veces también en la Argentina es laborioso que la Seguridad Social te autorice a realizar el estudio. Si los estudios dicen que el problema de falta de hormona de crecimiento existe, hay que realizar nuevas pruebas confirmatorias, para tener plena certeza del diagnóstico. Y, además, uno de los elementos que usamos para diagnosticar es la velocidad de crecimiento, y la única manera que tenemos de medir la velocidad de crecimiento es medir a alguien hoy y volver a medirlo dentro de unos meses. Con lo cual, en general éste es un diagnóstico que lleva no menos de tres o cuatro meses y, en el caso de Leo llegó, si no me equivoco, a seis.

»Y, sí, bueno, lo que faltaba era una hormona. Se obtiene por ingeniería genética exactamente lo mismo que falta y se inyecta de forma subcutánea una vez por día. El tratamiento consiste en darle al cuerpo, al organismo, una cosa que le está faltando. El propio organismo no lo fabrica; entonces se recibe de forma externa. Es caro, sí, es un tratamiento caro, mil quinientos dólares por mes, más o menos.
»“Hay que pincharse”, le dije.»

El doctor saca de un armario un estuche pequeño que va abriendo mientras habla.

«¿Que cómo reaccionó? Pues no me acuerdo. Con lo cual quiero decir que reaccionó como reacciona cualquiera ante estas circunstancias, porque no recuerdo nada en especial.
»La jeringuilla es un lápiz que en lugar de tinta tiene hormona de crecimiento, y en lugar de lapicera, una aguja. Entonces, primero se carga la dosis, tiene un regulador, se pincha, la aguja puede estar tapada, está efectivamente tapada… y bueno, se pincha. Normalmente el primero lo pongo yo en el consultorio, y bueno… o los ayudo o se los pongo directamente yo, y superviso hasta que aprenden a hacerlo solos. Se pueden poner en el muslo, se pueden poner en el abdomen, se pueden poner en el brazo. Es muy similar a la insulina, habréis visto gente pinchándose insulina. Cada uno elige la zona que le queda más cómoda para pincharse, que le duele menos, que… que le gusta. Y bueno, evidentemente Leo privilegiaba los pinchazos en las piernas por encima de otras ubicaciones.

»Cuando se lo doy a mis pacientes les digo: “Quedate tranquilo que esto no duele nada.” A la hora de la verdad… es un pinchazo, ¿sí? Un mosquito duele más. O sea, es un pinchazo, se usan unas agujas que realmente cuesta verlas. Son agujas que se cambian todos los días, nunca se desafilan, eh… son cortísimas. Hoy en día hay agujas que miden tres milímetros. Entonces vos decís: ¿duele? Mirá, si yo te pincho mirando para otro lado, según dónde te pinche, no te das cuenta.

»Estos son pacientes que uno ve más o menos seguido. En la etapa diagnóstica lo debo haber visto entre cuatro y cinco veces en un semestre. Y después lo veía más o menos trimestralmente. Le preguntaba: ¿cómo te va?, ¿quién te entrena?, ¿ves a los grandes en las prácticas?… y estas cosas, pero después uno va estableciendo una relación que excede lo técnico, el parte médico del paciente. Y un día viene con el papá y entonces le preguntás por la mamá… y otro día viene con la mamá y le preguntás por el papá, y…. ¡Qué sé yo! Entonces te dice: mi papá no vino porque está haciendo tal cosa… vas charlando, vas estableciendo una relación, ¿no? Por lo menos ése es mi estilo.
»Y me decía: “Yo lo que quiero es jugar al fútbol.”

»Siempre intento explicarles que el tratamiento no tiene que ver con ser o no futbolista, tiene que ver con crecer. Es decir, si yo hubiera querido ser taxista hubiera tenido que recibir el mismo tratamiento, a no ser que hubiera querido ser un taxista muy petiso [risas]. La diferencia es que siendo muy, muy petiso, hubieras podido ser igualmente taxista, y en una de esas le habría costado mucho ser futbolista, pero… tampoco es que el tratamiento… O sea, la relación entre el tratamiento y el fútbol era más indirecta. El tratamiento era para crecer, y el crecer lo iba a ayudar en el fútbol, pero… Él tenía claro que iba por ese lado.

»No recuerdo verlo llorar. No. ¿En mi consultorio? No, no recuerdo a Leo llorando. Es más, yo tengo claro que si le preguntás cuáles fueron sus peores momentos, lo que más sufrió, lo que más le costó… Yo no creo que él se acuerde siquiera del tratamiento. No recuerdo que el tratamiento haya sido especialmente traumático. O sea, evidentemente, para todos los chicos, cuando vos les decís que tienen un problema y que se va a solucionar poniéndose unas inyecciones, les genera una dualidad. Primero se ponen contentos cuando vos les decís que el problema es fácilmente solucionable. O, por lo menos, no sé si fácilmente, pero totalmente solucionable. Y entonces esta dificultad para crecer va a desaparecer y van a crecer con normalidad, y van a superar las limitaciones que esto les impone… se ponen muy contentos. Y cuando les decís que la solución es ponerse una inyección durante los próximos dos mil días, o… no sé… tres, cuatro años… no les hace mucha gracia. Pero no me acuerdo de que su reacción fuese llorar. Sí, evidentemente cuando le dije: “Che, te vas a tener que poner una inyección”, no le gustó nada, pero, ¿a quién le gusta?

»Si vos te fijás, los jugadores… es raro encontrar a un jugador como Cristiano Ronaldo, que es talentoso y grandote. En general, los talentosos son pequeños. En la Argentina, son los casos de Orteguita, que supo jugar en el Valencia o… de Maradona, o del mismo Neymar; no son jugadores grandotes. Me parece que, por el tipo de juego y por el tipo de gambetas que hacen, deben tener el centro de gravedad bastante bajo, y…. Por cuestiones de movimiento, ¿no? Pero, después…. El talento que tiene Leo para jugar a la pelota es increíble.»

El doctor va ordenando los papeles en su mesa de despacho. Se saca la bata blanca. Está cerrando la consulta.

«A ver, el tratamiento que hizo Leo no tiene absolutamente ninguna injerencia en su maduración emocional, por decirlo de alguna manera. Pero lo que sí está claro, yo te lo digo incluso como petiso… Soy petiso, mido 1,70 y era petiso en mi infancia también. Y en un determinado momento te supone una cierta desventaja. Con tus compañeros que son más grandotes… En los chicos es común que uno llegue a la pelea, y acá no estoy hablando de Messi en particular, estoy hablando en general. En los chicos es fácil llegar a la pelea por cualquier tontería y, si sos chiquito, cobrás. Si sos grandote es más fácil ir al frente, ¿no? Y con las chicas, tres cuartos de lo mismo: a las chicas les gustan los tipos más grandotes. Cuando sos pequeñito, pero muy pequeñito, o sea…. Realmente el caso de Leo era patológico, le faltaba una hormona. Él estaba por debajo de lo que se consideran estándares normales. Evidentemente todo eso te genera también, más allá de tus rasgos de personalidad, una cierta inhibición, inseguridad… Entonces, cuando el cuerpo te permite, o por lo menos no te genera limitaciones, bueno… uno tendrá los rasgos de personalidad que tenga, pero una persona de por sí reservada, introvertida, si tiene algún tipo de limitación, se puede sentir más insegura.

»¿Que si es dopaje? La hormona de crecimiento se ha utilizado como un suplemento en adultos que no la requieren, con el objetivo de obtener algún tipo de ventaja deportiva. Lo que pasa es que hay que diferenciar el tratamiento con hormona de crecimiento en un adulto que no la requiere, a las dosis necesarias para que produzca beneficios físicos del tratamiento de un retraso fisiológico de un chico con déficit. Y atención que son dosis altas y que no están exentas de generar algún inconveniente de efecto colateral negativo, aunque no fue el caso de Leo.

»Lo primero que hay que decir es que Leo era un chico de nueve años, y yo creo que ni siquiera él se imaginaba este presente. Es más, si uno pudiera preguntarle: cuando vos tenías nueve, diez, once años, ¿qué soñabas? Yo no creo que él haya soñado esto, creo que esto excede cualquier sueño. A ver, yo cuando era chico soñaba que un día iban a ponerme la camiseta número nueve de Newel’s, iba a entrar faltando cinco minutos e iba a hacer el gol del triunfo. Eso soñaba, que me iban a poner la número nueve de Argentina y le iba a hacer el gol en el último minuto de la final del Mundial. Pero, si se cumple, hay que decir que excede todo sueño y, por supuesto, de ninguna manera el tratamiento que él hizo apuntaba a conseguir esto. Él era un chico de nueve años al que le gustaba el fútbol como al 99 por ciento de los chicos de nueve años en la Argentina, y que… bueno, jugaba en las divisiones inferiores de un club y quería llegar a jugar en la Primera División de ese club. Imaginate que en Newell’s debe haber hoy, entre los ocho y los diez años, cien chicos a quienes les podemos dar las mismas condiciones y entonces les damos el mismo tratamiento, ¡así tenemos cien Messis! Y ni hablar de La Masía del Barcelona, que tienen una capacidad económica muy superior a la nuestra, y probablemente divisiones inferiores también superiores a las nuestras. Ellos deben estar fabricando ahora, con hormonas de crecimiento, unos diez o doce Messis por año.

»Yo tengo un hijo adolescente, así que, cuando yo le di este tratamiento a Leo en 1997, mi hijo tenía tres años. Si darle este tratamiento a un chico lo transforma en el mejor jugador del mundo, se lo hubiera dado a mi hijo, no a Leo.

»Además, el tratamiento este se interrumpió, si no me acuerdo mal, cuando Leo tenía quince o estaba a punto de cumplirlos. Ya en Barcelona. Se dice que el crecimiento como el suyo fuerza el cuerpo y provoca problemas musculares como los que tuvo de adolescente, pero no tiene nada que ver, porque en realidad cualquier chico con déficit de hormona de crecimiento crece menos de lo que corresponde. Y cuando el tratamiento repone el déficit y el niño deja de tener este déficit, empieza a crecer normalmente igual que su vecino de al lado, ¿se entiende?

»De alguna manera esto también te explica por qué no es dopaje: el que tiene un déficit de hormona de crecimiento tiene una desventaja respecto a los demás. Y al compensar el déficit, al sustituir con la hormona que falta lo que falta, lo que hace es dejar de tener la desventaja, pero no tiene ninguna ventaja.

»Pero era ciertamente un tratamiento caro. En realidad, la Obra Social de Jorge, se portó muy bien durante mucho tiempo. Lo que pasa es que este país se prendió fuego en el año 2000 ó 2001, se rompió toda la red social, y fueron muchas las situaciones en las que los tratamientos perdían continuidad, se interrumpían… generaban mucha incertidumbre. Digamos que este país, literalmente, se prendió fuego. Quizás en ese momento Newell’s pudo haber hecho algo más.

»En el campo nunca lo vi jugar con la camiseta de Newell’s, espero verlo algún día. Lo he visto sobre todo por la tele. Lo vi jugar con la camiseta de Argentina. Igual un día lo veo con la rojinegra. Espero que sí, porque, además, cuando él tenía dudas acerca de si iba a ser futbolista o no, yo le decía: “Quedate tranquilo que sí, y me vas a dedicar un gol. Yo te voy a decir en dónde estoy, dónde me siento, y vos vas a venir y me vas a dedicar un gol.” Y cuando lo veo, le digo: “Me debes ese gol.” Ja, ja… con la camiseta de Newell’s en el Coloso, en la cancha nuestra.»

El doctor apaga todas las luces menos una, se planta delante de la puerta que da a una salita pequeña contigua. Toma su sombrero, porque los médicos siempre deberían llevar sombrero.

«En algún momento él me miraba y decía: “Éste es el médico que me ayuda a crecer” y seguramente me miraba desde abajo y yo era como una imagen muy fuerte para él. Y hoy yo lo miro y digo: “Y éste es el mejor jugador del mundo.”»

Se oye la voz de un niño: «¿Creceré?»

«“Vas a ser más alto que Maradona. No sé si vas a ser mejor, pero serás más alto.”
»Eso le dije.»

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